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Columna: Orientales, uruguayos, ¿celestes?

  • 7 jul 2018
  • 3 min de lectura

Por Gonzalo Abella *

Once mil años atrás ya vivían aquí los pueblos originarios. En su tiempo llegaron como inmigrantes, pero aquí se desarrollaron en diálogo inteligente con el Ecosistema local, y por eso los llamamos “originarios”. Hace 500 años y pico llegó Colón. Pero los conquistadores españoles y portugueses despreciaron este territorio por un siglo más, hasta que descubrieron su potencial ganadero. Después, hace sólo 400 años, empezaron a llegar colonos europeos y africanos esclavizados. Tengamos en cuenta entonces que nuestra identidad cultural ya nació mestiza “por abajo”. Allá por 1800 este territorio dependía del recién nacido Virreinato del Río de la Plata, del cual fuimos su Provincia Oriental. Fuimos conocidos desde entonces como los “rioplatenses orientales”, simplemente “orientales” o (como nos llamaba Lavalleja) “argentinos orientales”. Cuando la diplomacia británica impuso definitivamente la separación de la Provincia Oriental de sus hermanas platenses, seguimos siendo “orientales” por un tiempo, como nos lo recuerda el Himno; pero la burguesía pro imperialista gobernante necesitaba un nombre propio que nos hiciera más “separables” y terminamos usando como señal de diferenciación el gentilicio “uruguayo”. El atributo de ser “uruguayo” debería ser denominación común para los brasileños de Uruguaiana y Barra de Quaraí, para los misioneros, correntinos y entrerrianos de Paso de los Libres, Monte Caseros, Chajarí, Federal, Concordia, Colón, Gualeguaychú, Concepción y tantos otros. Por cierto, un ciudadano de Concordia es mucho más uruguayo que yo; en todo caso, por origen geográfico, yo soy más rioplatense que él. Pero era necesario para el flamante Estado-tapón una señal distintiva, y por eso los orientales somos “uruguayos” aunque no lo hayamos elegido. Para convencernos que somos una nación aparte (y no lo que somos en realidad, una fuerte identidad local) debían convencernos que había más diferencia cultural entre un montevideano y un porteño que entre un porteño y un jujeño. O debían hacernos pensar que un sanducero tenía más en común con un montevideano que con un habitante de Colón (E.R.). La Escuela Pública se esforzó por convencernos de que éramos diferentes y la gente terminó creyéndolo, y haciéndose “anti argentino” sin entender que eso es ser anti nosotros mismos. En 1904 nació la “Féderation Internationale” de “Footbal association” (FIFA). El fútbol, de origen popular, se había reglamentado en el siglo XIX por la aristocracia británica y ahora, en el Río de la Plata, se volvía obrero en los campamentos del ferrocarril. Hijos de inmigrantes, sumados a mestizos y mulatos, todos ellos proletarios y artesanos, reinventaron el fútbol como arte colectivo y gozoso, y desde entonces y por décadas desconcertaron a los europeos. País pequeño y dependiente, cuyos Gobiernos sucesivos necesitaron formar una identidad nacional inexistente, una idea de nación que justificara su razón de ser, el éxito deportivo vino como anillo al dedo. Y el celeste pasó a ser, en el imaginario colectivo, un nuevo símbolo patrio. Con el color volvió obstinadamente el atributo “charrúas” que los genocidas fundacionales habían querido borrar, aduciendo que aquellos indios habían sido sólo un mito, y que no pudo haberse cometido genocidio contra un mito. Lo que importa de los símbolos es su lectura popular. En el imaginario colectivo se hace una distinción clara entre los gobernantes y los jugadores de fútbol: todos ellos ganan mucha plata, pero mientras los gobernantes se corrompen, estos muchachos ponen el alma. Por fin hay un colectivo con el que podemos identificarnos. Aquí hay un mensaje que podemos resaltar: aún queda dignidad y obstinación charrúa entre nosotros, y son jóvenes los que nos dan este mensaje. Quizás no sea del todo así en la realidad, pero lo importante es la señal que da nuestro pueblo de que quiere volver a creer. Y la adhesión no es un alarde patriotero, sino adhesión a una ética, a una moral, a un fair play que habíamos perdido y que se busca recuperar junto al buen juego. Aparece en la cancha un estilo, una entrega y un coraje que viene de las raíces, que niega el individualismo de “hacé la tuya”, que confronta (sin que sus protagonistas lo busquen) con un estilo de Gobierno y de entrega de la Patria. Ojalá sepamos transferir este legado a terrenos más trascendentes. * Maestro y escritor, dirigente político y candidato por la UP a la Presidencia de la República para las elecciones de 2019.


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